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IMÁGENES PARA EL RECUERDO

¡Padre, padre… déjeme las botas… que yo iré a arar, que ya se uncir las vacas!—; así le dijo el hijo a su padre, pues veía que el duro trabajo de arar era terrible, y su padre traía las manos ajadas del frío y de tirar del ronzal y guiar. —¡Madre, póngale a padre manteca en las manos y envuélvaselas en los trapos limpios de lino!—. Y así pasó el duro invierno después de la siembra. Era por principios de julio, cuando en las plazas se ponían aquellos segadores a hoz, para que los contrataran… venían del Bierzo y de la Galicia de interior, y mientras segaban cantaban… —“Ya vienen los segadores en busca de sus amores, después de segar y segar…”—, mientras iban haciendo gavillas; al día siguiente venían los carreteros a acarrear la mies. —¡Ten cuidado con la purridera… que la carga el diablo!,— le gritaba el que estaba encima del carro, al que le subía las gavillas con aquella larga horca… y así se cargaban los carros que luego había que llevar a las eras. A veces moría una vaca, y bueno, el burro para trillar… había que uncir vaca con burro. “Cien haces son suficientes para una “parva” señera…”.  —¡A la trilla, trilladoras, que el alba amarilla brilla!—. Después de trillar había que aventar para separar el grano de la paja, al atardecer se hacía esa labor, con la brisa y lanzando la mies al viento; luego llegaron las máquinas manuales, las beldadoras… “Era por julio y agosto, la beldadora se atragantaba con tanta mies… ese año no hacía hambre en las casas del silencio”…

La nostalgia siempre juega con los recuerdos –a veces–. Quién no recuerda aquellos veranos de mies y era, y trillo, y beldadora… Los niños trabajaban y se divertían a la vez, aunque con el trillo había que tener cuidado; cuidado de que no te cogiera un pie, una mano, cuidado de que los animales de trabajo no se espantaran por la picadura de un tábano y te volcara patas arriba… y el cubo y la pala siempre a mano, que algunas veces los animales iban al trono sin pedir permiso. Después de una corta siesta había que ir a trillar con todo el sol dándote en la cabeza, y poniéndote la piel morena. Los animales de tiro sabían de sobra su trabajo, así que apenas si tenías que hacer nada. Aquel chiquillo era espabilado y casi nunca dormitaba encima del taburete del trillo, pero en aquella ocasión, y debido al cansancio… y a aquel susurro de las lajas del trillo sobre la parva, se fue durmiendo y comenzó a soñar… Soñó que estaba en el Norte, rodeado de nieve fresca, y encima de uno de aquellos trineos tirados por renos… acompañando a Papa Noel y parando en todas casas para dejar bonitos regalos… al poco rato llegó el abuelo y sonriendo le dijo: —¡Qué, te has traspuesto…!; el niño sonrió también y comentó: —¡Estaba rodeado de nieve!

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